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Un Vínculo entre Padres-Hijos Sevilla Andalucía

El recién llegado, observa el mundo y comienza a formar su inconsciente a través de los estímulos que percibe, codificados en gran parte a través de sus progenitores, tanto los padres como los hijos comienzan a vivir nuevas experiencia que lo van marcando a lo largo del tiempo…

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Un Vínculo entre Padres-Hijos

Del mismo modo que un padre se reconoce en los gestos y las palabras de su hijo, también puede verse reflejado en sus penas o alegrías y en todos los sentimientos que calla o manifiesta. Entre ambos hay un lazo que les identifica como miembros de una misma familia. ¿Qué nos despiertan ellos y qué les trasmitimos sin ser conscientes de ello?
Convertirse en padres supone dar un giro de 180 grados en la vida. Significa renunciar a los hábitos anteriores y cambiar las prioridades a todos los niveles.

¿Qué despierta la paternidad?

La llegada de un niño marca en la vida, es un momento lleno de expectativas y de dudas. Los niños despiertan sentimientos inimaginables: “Los hijos son agridulces –reconoce Susana Bas–, te dan momentos de felicidad muy intensos a la vez que constituyen tu mayor punto de vulnerabilidad”. De acuerdo con María Luján Ramos, “tener un hijo es a la vez
un adiós y un encuentro con la propia infancia. El individuo se despide del lugar de hijo para asumir el de padre”. Por este motivo, despiertan recuerdos de la niñez y se analizan los comportamientos de los ahora abuelos. No es extraño sorprenderse haciendo algo que creías que nunca harías. “Es porque, de niños, asumimos la educación a nivel inconsciente. Con la llegada de la paternidad, se pone en marcha un proceso aprendido, sin que sea consciente”, afirma Bas.

Ser padre lleva también implícito querer ejercer la paternidad/maternidad del mejor modo. “Se reconocen entonces errores en la educación recibida y se pone en marcha un ideal. A veces, este deseo de perfección es demasiado exigente, hasta el punto de impedir desempeñar serenamente y con alegría la función de padre/madre”, advierte Ramos, pero, con el tiempo, asumimos que “nadie nace sabiendo ser padre, es el hijo el que hace al padre”.

¿Cómo nos perciben nuestros hijos?

La manera de comunicarse de un padre y una madre no es la misma, como tampoco un hijo los percibe igual. La madre es la que comienza a formar el inconsciente del niño, antes incluso de que exista el lenguaje verbal entre ellos. Suele tener un vínculo mucho más sentimental y primario, mientras que el padre está unido de un modo más material. Se preocupa porque su hijo lo tenga todo para que pueda desarrollarse de forma plena en la vida. “Sus responsabilidades son diferentes, la madre tiene que ver más con el placer y el padre, con las normas”, cuenta Ramos. El padre es necesario para que el niño no quede pegado a la madre y pueda crecer, aunque la función del padre puede estar encarnada en un hombre o en el inconsciente de la madre.

Por otro lado, los niños perciben de sus padres mucho más de lo que creemos, un padre se proyecta en su hijo con todas sus cosas buenas y malas. “El niño va archivando todo en su inconsciente”, comenta Bas. Aprende de su entorno lo que cree que debe ser en la vida, pero solemos olvidar que el niño es egocéntrico: se cree el centro y piensa que todo sucede por él. Si, por ejemplo, sus padres se divorcian, creerá que es por su culpa. Por eso, cuando el nivel de exigencia es muy alto, puede sentirse frustrado.

Quiero que mi hijo sea...

Cuando un niño va a nacer, los padres comienzan a imaginar cómo será su cara, eligen su nombre, su cuarto, imaginan un futuro para él… Durante el resto de su vida, el niño sigue siendo receptor de este tipo de expectativas y deseos, que le hacen sentirse un sujeto individual, diferente y especial. Esperar que un hijo “sea” es básico para su salud mental e incluso física; los niños hospitalizados que reciben visitas de sus padres tienen más posibilidades de curarse que aquellos que sólo son cuidados por médicos y enfermeras. “Es imprescindible transmitir nuestro deseo”, afirma María Luján Ramos.

Los padres siempre quieren que su hijo vaya a más, que triunfe donde ellos han fracasado, que supere sus frustraciones. Por eso intentan convencerle para que siga sus pasos profesionales o tratan de influirle para que elija otro camino que le evite sufrimientos. “Lo que queremos que hagan nuestros hijos está en función de lo que creemos que les va a hacer felices”, dice Susana Bas. Las expectativas que tienen los padres en los hijos se transmiten de una manera directa o indirecta. Así, sin querer, tratamos de condicionar su futuro desde el principio. Por eso le regalamos el juego de química o la bata de médico, en vez del juguete que ha pedido, o le matriculamos en mil cursos; por eso, incluso, si es¬pe¬rába¬mos una niña y tenemos un niño, le trataremos con más delicadeza de lo esperado. Con esta actitud vamos influyendo en sus gustos, aunque la decisión de lo que va a ser y hacer con su vida estará condicionada por muchos otros factores. Cuando el empeño para que los hijos sean mejores excede los límites, aparece la sobreprotección, que les ata al hogar y les hace más difícil buscar la felicidad fuera. “Los niños ne¬cesitan normas, pero un niño sobreprotegido pide ayuda todo el tiempo y aprende a ser dependiente”, alerta la psicóloga.

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