La sociedad del bienestar, que es una de las manifestaciones de la globalización, está recogiendo los frutos amargos de su enfoque parcial sobre la vida y de sus prioridades sobre el hedonismo y la gratificación inmediata.
El equilibrio sólo se logra enfatizando el enfoque formativo hacia el bien ser.
¿Cómo hacerlo?
1. Coherencia y consistencia en el trabajo educativo entre familia y escuela: “Para educar a un niño se necesita de toda la aldea” (proverbio africano), aunque podemos añadir: se requiere de una buena aldea. Los países donde he observado adolescentes más maduros se caracterizan por la cercanía de los adultos; ningún niño llega a la madurez si no va de la mano de un adulto psicológico.
2. Énfasis en la formación del carácter: la formación del autocontrol y la autodisciplina es la asignatura pendiente en las familias actuales. La cultura del control remoto que hace todo accesible inmediatamente con sólo un impulso del deseo plasma personalidades impacientes, intransigentes y con escasa tolerancia al esfuerzo y a la frustración. Es el camino directo al fracaso existencial.
3. Desarrollo de la trascendencia: el Informe Delors de la UNESCO propuso el “Aprender a ser” como uno de los cuatro pilares de formación para el siglo XXI. Muchos padres se han centrado en proporcionar a sus hijos elementos de bienestar, pero han perdido el sentido de la vida porque desquician la jerarquía de valores al desatender las necesidades del espíritu. Hay que tener presente la advertencia del poeta: “…buscando agua, encontró petróleo. Pero se murió de sed”.
Cuando Eliot proponía las disyuntivas, nos alertaba de lo que perdemos cuando desequilibramos la vida; actualmente el nombre del juego familiar y escolar es integridad. Sin equilibrio y sin prioridades, la educación llega a callejones sin salida. Y en esa situación termina el hombre y aparece la desesperación.
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