¿Complejo de ser Como Soy? Sevilla Andalucía
Nadie está al cien por cien satisfecho consigo mismo. Siempre hay algo que se puede mejorar, pero esos defectillos no nos dominan, simplemente convivimos con ellos. Si desea continuar pulse aquí...
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Complejos
Todos, en alguna ocasión, podemos sentirnos incómodos por unos kilos de más o por no estar a la altura. La sociedad no nos lo pone fácil, pero cuando la baja autoestima gobierna, éstos dejan de ser sentimientos normales para degenerar hasta límites irracionales y provocar aislamiento y dolor.
A veces, sin embargo, esa coexistencia se rompe y nuestra obsesión contamina todo lo que pensamos y sentimos. Nos convertimos en una persona “acomplejada”, como esa amiga que no se quita la camiseta en la playa o ese compañero eternamente apocado.
Estas personas “tienden a evaluarse negativamente de forma exagerada y, la mayoría de las veces, sin ajustarse a la realidad”, explica Beatriz López Luengo, psicóloga y profesora del Área de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico de la Universidad de Jaén.
Presión social
Descubiertos por el psicoanalista Carl Jung, los complejos “no aparecen de la noche a la mañana, se van gestando y suelen estar ligados a problemas de autoestima e inseguridad”, agrega la psicóloga, coautora del libro ¡Sin complejos! (Arguval). En general, los complejos hunden su raíz en la infancia y la adolescencia, cuando formamos la opinión de nosotros mismos. Pueden surgir por una educación muy rígida o por todo lo contrario, lo que termina formando una personalidad insegura. También influyen otras variables, como las relaciones amorosas, las amistades y el entorno.
“El contenido del complejo está muy relacionado con los valores que la sociedad considera que garantizan felicidad y éxito. Por eso, en nuestra sociedad predominan los complejos corporales”, asegura la psicóloga. Desde niños nos enseñan a concederle mucha importancia al aspecto físico, propio y ajeno, y juzgamos por la apariencia, lo que está provocando un gran aumento de niños acomplejados físicamente, una epidemia que se ceba con las mujeres.
Dietas, cremas, tratamientos estéticos... La publicidad nos obliga a lucir un cuerpo 10 que la inmensa mayoría no tiene. Una reciente encuesta realizada en 11 países por la firma cosmética Dove asegura que sólo el 5 por ciento de las mujeres se siente cómoda con su cuerpo. Este porcentaje global desciende al 2 por ciento cuando responden las españolas.
El 72 por ciento de las adolescentes esconde su cuerpo por complejos y un 90 por ciento de las jóvenes que aseguran estar “gorditas”, están en su peso o por debajo. El complejo físico se generaliza a todos los aspectos con un discurso interior muy negativo: “Soy fea e inútil, no sirvo para nada”. Entra, así, en escena otro de los complejos estelares, el de inferioridad. Resultado: la persona acomplejada no se relaciona –como no se acepta, está convencida de que los demás tampoco– y se aísla, intentando ocultar sus defectos. Sufre, y mucho.
Volver a programarnos
Los complejos surgen cuando construimos nuestra personalidad comparándonos con los demás. Y la personalidad es aceptación, no comparación. “El truco está en comprender que no hay un modelo único. Los valores sociales son diversos y si la persona lo entiende, será menos vulnerable a ese tipo de presión”, explica el sociólogo Juan Andrés Ligero, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid.
Para liberarse de ellos hay que convencerse de que los complejos se basan en percepciones distorsionadas, muchas veces irreales, pero que se han vuelto automáticas y creíbles. “Las emociones no surgen de los hechos objetivos, sino de cómo los vivimos”, arguye la psicóloga, que invita a recapacitar y cambiar los mensajes negativos por positivos.
Requiere un largo camino porque, como alerta Juan Andrés Ligero, la sociedad no sólo te exige, sino que también ha entendido, en una evolución muy positiva, “nuestro derecho a sentirnos bien con nosotros”, por lo que utilizamos los complejos como justificación para muchos excesos, sobre todo estéticos, que no resuelven el problema de fondo.
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A veces, sin embargo, esa coexistencia se rompe y nuestra obsesión contamina todo lo que pensamos y sentimos. Nos convertimos en una persona “acomplejada”, como esa amiga que no se quita la camiseta en la playa o ese compañero eternamente apocado.
Estas personas “tienden a evaluarse negativamente de forma exagerada y, la mayoría de las veces, sin ajustarse a la realidad”, explica Beatriz López Luengo, psicóloga y profesora del Área de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico de la Universidad de Jaén.
Presión social
Descubiertos por el psicoanalista Carl Jung, los complejos “no aparecen de la noche a la mañana, se van gestando y suelen estar ligados a problemas de autoestima e inseguridad”, agrega la psicóloga, coautora del libro ¡Sin complejos! (Arguval). En general, los complejos hunden su raíz en la infancia y la adolescencia, cuando formamos la opinión de nosotros mismos. Pueden surgir por una educación muy rígida o por todo lo contrario, lo que termina formando una personalidad insegura. También influyen otras variables, como las relaciones amorosas, las amistades y el entorno.
“El contenido del complejo está muy relacionado con los valores que la sociedad considera que garantizan felicidad y éxito. Por eso, en nuestra sociedad predominan los complejos corporales”, asegura la psicóloga. Desde niños nos enseñan a concederle mucha importancia al aspecto físico, propio y ajeno, y juzgamos por la apariencia, lo que está provocando un gran aumento de niños acomplejados físicamente, una epidemia que se ceba con las mujeres.
Dietas, cremas, tratamientos estéticos... La publicidad nos obliga a lucir un cuerpo 10 que la inmensa mayoría no tiene. Una reciente encuesta realizada en 11 países por la firma cosmética Dove asegura que sólo el 5 por ciento de las mujeres se siente cómoda con su cuerpo. Este porcentaje global desciende al 2 por ciento cuando responden las españolas.
El 72 por ciento de las adolescentes esconde su cuerpo por complejos y un 90 por ciento de las jóvenes que aseguran estar “gorditas”, están en su peso o por debajo. El complejo físico se generaliza a todos los aspectos con un discurso interior muy negativo: “Soy fea e inútil, no sirvo para nada”. Entra, así, en escena otro de los complejos estelares, el de inferioridad. Resultado: la persona acomplejada no se relaciona –como no se acepta, está convencida de que los demás tampoco– y se aísla, intentando ocultar sus defectos. Sufre, y mucho.
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Los complejos surgen cuando construimos nuestra personalidad comparándonos con los demás. Y la personalidad es aceptación, no comparación. “El truco está en comprender que no hay un modelo único. Los valores sociales son diversos y si la persona lo entiende, será menos vulnerable a ese tipo de presión”, explica el sociólogo Juan Andrés Ligero, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid.
Para liberarse de ellos hay que convencerse de que los complejos se basan en percepciones distorsionadas, muchas veces irreales, pero que se han vuelto automáticas y creíbles. “Las emociones no surgen de los hechos objetivos, sino de cómo los vivimos”, arguye la psicóloga, que invita a recapacitar y cambiar los mensajes negativos por positivos.
Requiere un largo camino porque, como alerta Juan Andrés Ligero, la sociedad no sólo te exige, sino que también ha entendido, en una evolución muy positiva, “nuestro derecho a sentirnos bien con nosotros”, por lo que utilizamos los complejos como justificación para muchos excesos, sobre todo estéticos, que no resuelven el problema de fondo.
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