Aprende a Controlar tus Emociones y las de los Demás Madrid Madrid
Muchas veces los seres humanos actuamos sin importar las personas que están a nuestro alrededor, y eso es porque no hemos aprendido a convivir con ellas. Es importante que aprendamos a controlar nuestras emociones y las de los demás...
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Aprende a Controlar tus Emociones y las de los Demás
Tranquilidad, equilibrio y una buena convivencia con los demás
Pero familiarizarse con nuestra forma de reaccionar no basta para estimular nuestra inteligencia emocional. Quizá ya te tengas más que observada y sepas que en determinadas situaciones te dejas llevar, por ejemplo, por la ira. Entonces lo que urge es aprender a controlar esa emoción para que no te avasalle. Hay que “percibir, sentir y vivir nuestro estado afectivo sin ser abrumado por él, de forma que no llegue a nublar nuestra forma de razonar. Es decir, se trata de pensar clara y eficazmente, controlando o modificando lo que sentimos sin dejarnos llevar por la irracionalidad”, dice Berrocal.
Y ¿cómo se logra eso? En opinión de Natalia Ramos, “no hay fórmulas únicas, depende de los casos. En ocasiones puede venir bien tratar de ver el problema desde fuera, distanciarnos de él, desdramatizar, actuar para resolverlo y para retomar el control. Ver qué se puede hacer realmente para afrontar la situación que te produce emociones desagradables, dejar de darle vueltas, recurrir a la distracción, a la relajación o a la comunicación con los demás”.
INVESTIGA LAS EMOCIONES AJENAS
Pero la inteligencia emocional no se reduce a regular las propias emociones, también repercute en nuestras habilidades para relacionarnos con las personas que nos rodean. Y eso implica “no sólo ser extrovertido y saber mantener una conversación, sino fomentar nuestra capacidad de escucha y de ofrecernos a los demás, conocer el momento de dar una opinión, ofrecer al otro confianza para que exprese sus preocupaciones, ser honesto con él aunque eso pueda herir sus sentimientos”, explica el doctor Natalio Extremera, profesor de Psicología de la Universidad de Huelva.
También implica “saber hacer críticas constructivas, llegar a acuerdos, defender con decisión nuestras ideas respetando las ajenas, cooperar en las metas comunes y resolver conflictos sin que nadie se sienta perjudicado”, añade el experto.
“Hay que investigar en las emociones ajenas y fomentar nuestra capacidad de ponernos en el lugar de los demás. Para conseguirlo, no sólo debemos atender a lo que dice el otro, también hay que intentar descifrar sus mensajes no verbales y su lenguaje corporal: gestos del rostro, movimiento de las manos, tono de voz...”, concluye Berrocal.
Supongamos que ya somos capaces de analizar nuestra forma de reaccionar, ya sabemos cómo no explotar y estamos aprendiendo a meternos en la piel del otro. ¿Queda alguna asignatura pendiente? Sí, todavía tenemos que aprender a expresar nuestras emociones y, todo, por una razón de peso: “Compartirlas contribuye a nuestro ajuste psíquico porque convertimos la experiencia en palabras y, al hacerlo, construimos una historia coherente de lo que ha sucedido que nos permite comprenderla”, explica la experta.
Además, Berrocal recuerda que “está comprobado que al hablar o escribir sobre un problema mejora nuestro sistema inmunológico, evita que rumiemos los problemas, mejora el estado de ánimo, la autoestima y las relaciones con los demás”.
Ana García Piñán (psicóloga)
Pero familiarizarse con nuestra forma de reaccionar no basta para estimular nuestra inteligencia emocional. Quizá ya te tengas más que observada y sepas que en determinadas situaciones te dejas llevar, por ejemplo, por la ira. Entonces lo que urge es aprender a controlar esa emoción para que no te avasalle. Hay que “percibir, sentir y vivir nuestro estado afectivo sin ser abrumado por él, de forma que no llegue a nublar nuestra forma de razonar. Es decir, se trata de pensar clara y eficazmente, controlando o modificando lo que sentimos sin dejarnos llevar por la irracionalidad”, dice Berrocal.
Y ¿cómo se logra eso? En opinión de Natalia Ramos, “no hay fórmulas únicas, depende de los casos. En ocasiones puede venir bien tratar de ver el problema desde fuera, distanciarnos de él, desdramatizar, actuar para resolverlo y para retomar el control. Ver qué se puede hacer realmente para afrontar la situación que te produce emociones desagradables, dejar de darle vueltas, recurrir a la distracción, a la relajación o a la comunicación con los demás”.
INVESTIGA LAS EMOCIONES AJENAS
Pero la inteligencia emocional no se reduce a regular las propias emociones, también repercute en nuestras habilidades para relacionarnos con las personas que nos rodean. Y eso implica “no sólo ser extrovertido y saber mantener una conversación, sino fomentar nuestra capacidad de escucha y de ofrecernos a los demás, conocer el momento de dar una opinión, ofrecer al otro confianza para que exprese sus preocupaciones, ser honesto con él aunque eso pueda herir sus sentimientos”, explica el doctor Natalio Extremera, profesor de Psicología de la Universidad de Huelva.
También implica “saber hacer críticas constructivas, llegar a acuerdos, defender con decisión nuestras ideas respetando las ajenas, cooperar en las metas comunes y resolver conflictos sin que nadie se sienta perjudicado”, añade el experto.
“Hay que investigar en las emociones ajenas y fomentar nuestra capacidad de ponernos en el lugar de los demás. Para conseguirlo, no sólo debemos atender a lo que dice el otro, también hay que intentar descifrar sus mensajes no verbales y su lenguaje corporal: gestos del rostro, movimiento de las manos, tono de voz...”, concluye Berrocal.
Supongamos que ya somos capaces de analizar nuestra forma de reaccionar, ya sabemos cómo no explotar y estamos aprendiendo a meternos en la piel del otro. ¿Queda alguna asignatura pendiente? Sí, todavía tenemos que aprender a expresar nuestras emociones y, todo, por una razón de peso: “Compartirlas contribuye a nuestro ajuste psíquico porque convertimos la experiencia en palabras y, al hacerlo, construimos una historia coherente de lo que ha sucedido que nos permite comprenderla”, explica la experta.
Además, Berrocal recuerda que “está comprobado que al hablar o escribir sobre un problema mejora nuestro sistema inmunológico, evita que rumiemos los problemas, mejora el estado de ánimo, la autoestima y las relaciones con los demás”.
Ana García Piñán (psicóloga)
